Temblor


El cine ha estereotipado el personaje de la anciana pulcra, meticulosa y rutinaria que no reprime su impulso cívico frente a los zascandiles, abusones y mequetrefes cuando observa que su acción es reprobable. Con frecuencia, para mofarse de este gesto ejemplar. El mensaje ha calado en un terreno generosamente abonado por la ignorancia y así nos va ¿Creen que habría tanta mierda de can en las aceras si, en vez de pasar de largo, cada vecino que observa cómo disimula el dueño del perro mientras este hace su deposición le recriminase su conducta? ¿Y tantas bolsas de basura en las orillas de la carretera? ¿Y colillas en los semáforos? ¿Y purines en los ríos? ¿Y trapicheos varios? No se trata de fomentar un Estado policial sino de reforzar los elementos que engrasan la convivencia social. Recuerdo -la edad ahorra en pudores- la semilla que Pancho Vázquez Fontenla sembraba incansable en los boy scouts. Unas veces podía ser el símbolo del Nabuco verdiano o la Madame Butterfly de Puccini, otras el pensamiento católico progresista de Guy de Larigaudie, las epístolas de Pablo, etcétera, otras, como es el caso, breves textos como El sepulcro de Don Quijote, que aparecía como prólogo a Vida de Don Quijote y Sancho, ambos de la autoría de ese cascarrabias que fue Unamuno, en una edición de bolsillo de Austral. Cómo se echa en falta esa pedagogía social: llamar mentiroso al que miente, ladrón al que roba y corrupto al que mete la mano en la caja común, aunque sean palabras del pensador vasco escritas hace más de un siglo. Claro que fue el propio Unamuno quien, premonitorio, avisó: «Cuando me creáis más muerto, retemblaré en vuestras manos».

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