Cuando Bertín, hombre escéptico, comenzó a recordar sus sueños con inusual viveza, no le dio al hecho mayor importancia. «Quizá sea estrés -se dijo. -Hay médicos que relacionan las épocas de nervios con el sueño agitado». Se sorprendió un tanto, eso sí, de que, una mañana, después de haber soñado con víboras, una de ellas saliera reptando de debajo del sofá mientras desayunaba. «Puede -pensó- que la haya oído arrastrarse durante la noche y se haya aparecido por eso en mis pesadillas». Al fin y al cabo, vivía no muy lejos de un descampado.
Comenzó a dudar de su cordura cuando las dos mañanas siguientes se encontró de nuevo, al despertarse, con los protagonistas de sus sueños: la primera fue un colibrí y la segunda una margarita que despuntaba por el sumidero del bidé. Entonces comprendió que alguien que venía de la Otra Orilla quería advertirle de su llegada. La serpiente, el pájaro y la flor eran sus embajadores.
Después estuvo tres noches sin soñar. Lo único que recordaba al despertarse era ruido de pasos. Al alba del tercer día una voz conocida que no supo ubicar susurró: «Mañana». Aunque al principio aquel proceso le había aterrorizado, comprendía ahora que era una oportunidad única. Aquella noche se fue a la cama preso de una emoción casi infantil. Después se la pasó soñando con los representantes españoles en Eurovisión.
Lo encontraron encerrado en su armario, muerto, el gesto roto. Se había clavado un lápiz en un oído.