Después de dejar a su hijo en el colegio, selló la cartilla del paro en el edificio de la Xunta en la plaza de España. Llevaba treinta y cinco meses haciéndolo, desde que su empresa remató el trabajo en Navantia. El calendario intuía la primavera y la mañana, despejada, era templada, de modo que al salir de la Oficina de Emprego, se embutió de nuevo el pinganillo y se dispuso a pasear. Su suegro, un jubilado del astillero, le suministraba bajo cuerda unos euros para el café desde que él había agotado el subsidio. Mientras caminaba, una tertulia de periodistas extraídos de los bajos fondos de la profesión y otros interlocutores igual de cínicos exhalados por algún albañal anejo al periodismo hablaban de que una prima de riesgo por debajo de los 170 puntos, unida a una reforma fiscal que elevase el IVA y bajase los impuestos a las rentas del capital, a una reducción salarial y a los excelentes resultados de las empresas punteras del Ibex dulcificarían las diferencias sociales de España, que con el paro son las mayores de la UE. El hombre se detuvo en un cafetín del puerto a tomar su infusión y hojeó un diario madrileño que hablaba de la amenaza secesionista catalana, los ERE andaluces, Bildu, el terrorismo, el peligro de la inmigración, la corrupción de un concejal de un pueblecito extremeño, la suerte de tener un papa como Francisco, y la herencia de Zapatero. Pagó con el euro de su suegro y desanduvo el camino, feliz: Rajoy zanjará los problemas que padecemos desde los godos. Comería feliz. En casa de su suegro.