De poco sirve vender para la atracción turística los parajes naturales de Ferrolterra si no existe una clara conciencia e institucional colectiva para su conservación. Humedales como los de Ortigueira, Pantín, A Frouxeira y Doniños, los paisajes dunares de las playas, las cuencas de los ríos... Nuestros bosques. Ahora se plantea compatibilizar la cría de un ave salvaje que anida en dunas con la práctica de un tipo de surf... Pero poco antes el conflicto era entre construcciones de viviendas en el entorno de la laguna de A Frouxeira y la existencia de este complejo ecosistema que tiene sus propias leyes para desaguar al océano. O con la urbanización que se pretendía a orillas del río da Sardiña en Ferrol, Menáncaro, prohibida por una sentencia. Con los modelos de paseos marítimos, en ocasiones demasiado invasivos... Cada vez que el naturalista pone una objección se le moteja como primitivo o poco menos que lunático y retrógrado, por poner zancadillas al progreso. Una visión del progreso, en realidad, arcaica, si tenemos en cuenta que parte del turismo que se trata de atraer vendrá, precisamente, para conocer de cerca estos ecosistemas que, les decimos, son vírgenes y los cuidamos. Si se llevan un chasco, hoy que las opiniones vuelan por las redes, es probable que los abanderados del progreso hayan cavado su propia tumba, ahogados en su cuento de la lechera. Hay que compatibilizar ambos objetivos. Cualquiera que viaje por las Landas o al norte verá que ambas metas pueden ir parejas.