Este periódico publicaba ayer que Ferrol lidera el impago de una serie de impuestos cuya recaudación es municipal. No creo que los ferrolanos seamos más pufistas que el resto de los gallegos.
Habrá explicaciones para este récord como la virulencia con la que la crisis nos golpea o la poca eficacia de la gestión recaudatoria, por cierto remunicipalizada. Pero habrá también morosos y defraudadores sin causa.
El fraude fiscal forma parte de mis principales preocupaciones como ciudadana, porque la cultura impositiva de los españoles, parecida a la de los otros europeos del Sur, es realmente: incultura. Si se consultan los libros de texto se observará que, ni siquiera en educación para la ciudadanía, hay una sola línea dedicada a explicar que una de las primeras obligaciones de un ciudadano es colaborar con sus impuestos a sostener un Estado que debe redistribuir lo recaudado desde una fiscalidad justa.
Por el contrario: los defraudadores -si son «de los tuyos»- son aplaudidos al entrar en los juzgados, se pide el indulto para ellos e, incluso, se trata de cubrir sus presuntos delitos con fabulaciones de vendeta política organizada por los enemigos externos. Miren hacia el fútbol?
El fraude fiscal es uno de los delitos más antisociales que existen. Hay que exigir que se persiga y se castigue con firmeza. Pero hay que prevenirlo ya desde la escuela con una auténtica educación para la ciudadanía. Porque somos ciudadanos para todo: recibir y contribuir.