Pocas costas hay tan impresionantes como la de Ferrolterra y Ortegal. Los acantilados más altos de Europa están allí. Los percebes más codiciados del país están allí. Las playas salvajes más buscadas por los surfistas están allí. Las mejores vistas están allí. Es, sin duda, un paraíso natural digno de admirar, en el que la mano del hombre apenas se percibe. La costa pertenece, por momentos, más al mar que al hombre, sin que haya apenas obstáculos entre ambos.
Las olas embravecidas baten con fuerza día sí y día también. Y es este ímpetu con el que el mar golpea los acantilados en responsable de que en sus rocas nazcan los mejores percebes de Galicia. El codiciado marisco no se asienta el cualquier lado. Lo hace en aquellos peñascos en los que el mar golpea con más energía, por lo que su captura obliga a los percebeiros a jugarse la vida casi a diario.
Aunque del peligro han hecho una rutina, aunque llevan años extrayendo el producto, aunque conocen a la perfección la costa, no le han perdido el miedo al mar. Acompañados siempre que se pueda, y con un ojo permanente en la nuca, siempre están prevenidos ante esa ola traicioneira, que en cualquier momento puede llegar.
Pero a veces el mar sorprende. Y las olas alcanzan dimensiones que no se recuerdan en la zona. Y los que llevan toda la vida conviviendo con ese mar, que han nacido a su lado, son traicionados por él. Por esa ola traicioneira.