Los bomberos suelen ser la institución más querida y mimada... Menos en Ferrol. En cualquier país, los niños visitan el parque contraincendios y miran con admiración a quienes apagan el fuego en las casas. Tocan sus cascos, suben al coche bomba. Por no decir en Portugal, donde los Bombeiros Voluntarios ocupan el centro de la vida social, reflejo del aprecio que concitan entre sus conciudadanos. Aquí, cómo llevar a nuestros escolares a un galpón que hace aguas por todas partes, sus fachadas están sin pintar y uno de los portones de los garajes está hundido, como si hubiese explotado un obús en tiempo de guerra. Es decir, inservible para enseñar porque cuando no están sus equipos averiados, a la escalera mecánica le falta una pieza. Todo es reflejo del escaso interés de la Administración que los tiene a su cargo. Si me apuran, parece ocultar esa velada estrategia de dejar hundir un servicio público para luego privatizarlo. Julio Busquets, el excomandante de la UMD, decía en uno de sus libros que los militares de su época estaban admirados con la empresa privada. Porque en el cuartel, incluso con el Código Penal Militar en la mano, no eran capaces que funcionase nada, mientras que en los empresarios, apenas que con un convenio colectivo, todo les andaba como un reloj. A nuestros munícipes debió de picarles la misma mosca del papanatismo de lo privado que a los franquistas: lo quieren privatizar todo, pasmados por la eficacia de las contratas. Eso sí, sus currículos de gestión eficaz de una empresa son bastante negros o inexistentes. Debería requerírseles este aval.