Romanticismo

Miguel Salas CRÓNICAS FORENSES

FERROL

El temario de literatura de 4º de la ESO es una maravilla. Comienza con el Romanticismo, una de las épocas más apasionantes de Occidente -tanto en su aspecto artístico como en el político-. Sin embargo, su explicación presenta un problema añadido a los habituales escollos con los que nos encontramos los profesores para que a los niños les entren en la mollera sucesos, obras y pensamientos de hace un porrón de años: y es que los chavales de hoy entienden que lo romántico es otra cosa, algo relacionado con la versión más azucarada y tontaina del amor.

Vivimos en la era de la ñoñez absoluta. El amor se confunde con el enamoramiento y se nos vende que lo ideal es vivir en una perpetua compra de bombones y flores. O mucho peor: eso era antes, en los tiempos de nuestros abuelos. El San Valentín del siglo XXI ha perdido inocencia y se ha poligonizado: hay que ser celoso, un pelín macarra en la exhibición de nuestros afectos. ¿Cómo explicarles a los alumnos, inmersos en el romanticismo telecinquero, en las pasiones chonis de Gandía Shore y Gran Hermano, la grandeza trascendental de los sentimientos del Romanticismo con mayúscula? ¿Cómo hablarles de Hölderlin, de Keats, de los Shelley, de Poe, de Baudelaire, de la Dickinson, de su compleja y profunda oscuridad, tan luminosa a la vez, tan madre de nuestra modernidad?

Solamente hay una modo: leyéndoles. Ay, si la asignatura dejara de plantearse como un elenco de fechas y títulos...