Mareas

José Varela

FERROL

Huele a podrido. Y no es en Dinamarca. El estado de las rías de Ferrol y A Coruña despide un hedor solo comparable a la gestión política que los dos grandes partidos de este país -los que han tenido responsabilidades sobre la materia- han desarrollado para sanear sus aguas. La pestilencia es de tal intensidad que ya ha llegado al Parlamento Europeo. Un grupo de parlamentarios de la Unión recorrió las rías coruñesas para verificar las denuncias reiteradas sobre su estado actual, pero las zancadillas de los conservadores está bloqueando el informe de su inspección, en una maniobra que apesta a distancia. Pero más allá de las trabas y de las artimañas del grupo popular para excluir del informe la situación de la ría ferrolana -habrá que sospechar que no será porque este trozo de mar goza de buena salud, precisamente-, la historia de la depuración de las aguas residuales a las rías es en sí misma un trasunto de la podredumbre que supura y fermenta bajo sus lodos. Todos y cada uno de los proyectos de saneamiento en estas zonas han sido acometidos a trancas y barrancas, empujados por un deterioro ambiental de una magnitud difícilmente equiparable a otros y por las reiteradas quejas de los ciudadanos.

La contaminación de las rías carece de la espectacularidad de un incendio forestal, que enseguida moviliza a los políticos, con manguerita o sin ella. Pero no es menos letal para el medio ambiente. Como pasa desapercibida, los gobiernos se tapan la nariz. Pero la inmundicia persiste. Aun en pleamar, todos sabemos que sigue ahí.