De película

José Varela FAÍSCAS

FERROL

13 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Señor, estoy escandalizado; he descubierto que aquí se juega», exclama el comisario Renault ante un atónito Rick Blane, que observa cómo el policía le clausura el negocio en el que él mismo es habitual jugador de ventaja. La escena forma parte de Casablanca, una película cuyos diálogos se han incrustado en la memoria colectiva de varias generaciones. Aunque el cuadro es uno de los paradigmas de la desfachatez, la realidad supera a la ficción. Hace unos días, uno de los más directos responsables del estado actual de Navantia se dolía de que la empresa iba a requerir en torno a cien millones de euros para equilibrar cuentas este año. El descaro del comisario Renault es un juego de niños frente a los rostros de hormigón armado de la cúpula de la Sepi, valga la redundancia. Después de los miles de millones de euros enterrados en la banca hasta el extremo de igualar la deuda del país a la riqueza que genera en un año, un alto cargo del Estado se escandaliza, o finge que se escandaliza, porque una empresa pública que es la base económica de una ciudad entera y casi su único recurso requiera apoyo del erario. Ya no se repara en la vergüenza, ha desaparecido el pudor y hasta el sentido de la decencia mismo. Una vez que la sociedad ha mostrado el diámetro de sus tragaderas, vale todo. Si hasta Feijoo se muestra a sí mismo como un excelente gestor después de encumbrar a Galicia a la cima de la tabla de las comunidades europeas que más empleo destruyen. En fin, «tócala otra vez, Sam», aunque no sea del guion de Casablanca.