La ausencia de liderazgo -caudillismo o mesianismo no son lo mismo- mantiene a Ferrol como un motor con el embrague averiado: los pistones suben y bajan por el interior de los cilindros, pero su impulso no llega a las ruedas. El resultado es que el consumo de combustible resulta inútil, pues el vehículo no se mueve. Una vez que los protagonistas de la vida pública local han aceptado tácitamente excluir del debate el futuro de la ciudad como tal, su papel en los decenios venideros, la esencia de la función que explique la necesidad misma de seguir manteniendo la urbe; una vez cegado el techo de la discusión, las polémicas, inevitablemente alicortas, se sitúan entre la nada y la intrascendencia, una cotidianidad pobre y ramplona. No hay en el aire para su consideración por la sociedad propuesta alguna que vaya más allá de la semana que viene, del parche que remedie la penuria de la inmediatez. Así no es posible construir el futuro. A lo máximo que alcanza esta práctica es a repetir el pasado (aún aceptando que estando como estamos, no es poco) pero no a evitar su cíclica y frustrante reiteración. La escritora germana Judith Schalansky ha visto publicado este año en España por Mondadori su segunda novela, El cuello de la jirafa. En ella muestra, con un tono áspero e implacable el porvenir de quienes no son capaces de adaptarse a la evolución. El placer de su lectura se convierte en amargo desasosiego si se piensa en lo que le espera a nuestra ciudad si persiste en su parálisis, si no sabe adaptarse a los nuevos tiempos.