Monteventoso

José Varela FAÍSCAS

FERROL

Monteventoso esperó milenios por su nombre. Puede asegurarse que sin sucumbir al mal tiempo. Tal vez por eso siempre fue consciente de su identidad. Para el bautizo no precisó más que paciencia: algún día, alguien con sentido común llamaría a las cosas por su nombre. La toponimia y la semántica vendrían todavía más tarde para explicarlo. Erigir un semáforo meteorológico en el picacho refrescado por los aires marinos no dejó de ser un accidente humano. Hoy, además, es un símbolo a punto de enriquecer el metalenguaje de los agravios y despropósitos. Porque si bien la obra de fábrica que armó la Marina no es, con mucho, la pieza más valiosa de las conveniadas por el Ayuntamiento con el Gobierno para registrar como suyos -del municipio- un lote de bienes inmuebles, sí parece haberse convertido metonímicamente en la representación alegórica de todos ellos. Reúne buena parte de los elementos que caracterizan la relación de Ferrol con el Estado, entendido ésta en la inteligencia de Madrid, valga una nueva representación. El Ejecutivo de Rajoy -es su primer ministro, o no- desdeña la desesperación de una ciudad genuinamente parida por el Estado, para cobrar sus buenos doblones por pasar unas propiedades públicas a la propia Administración, local en este caso. Y además lo hace tras haber esperado con imperturbable paciencia que esas fincas hayan sido arrasadas por la barbarie y la incuria. Si de lenguaje simbólico hablamos, ya podemos esperar sentados por otras soluciones, como la de Navantia. Otra lección de historia en carne viva.