Fue mi primer jefe en este periódico. Trabajábamos en una oficina que hoy pasaría por un despacho de pan, con una línea telefónica y un teletipo Siemens por todo equipamiento de vanguardia. El caótico almacén de devoluciones ocupaba el patio. No pretendo hacer arqueología, defino el escenario desde el que traducíamos a palabras la vida de Ferrol que nos merecía interés para llevar a las páginas de La Voz. Algunos aspectos de aquel material periodístico que manejábamos a diario como meritorios mi hermano Paco y yo apenas han cambiado, porque la ciudad tampoco lo ha hecho tanto en el fondo. Francisco Valle Romero, nuestro jefe, supervisaba con indulgencia el trabajo. Él tenía sus propias áreas, que cubría con eficacia y, sobre todo, con bonhomía. La más íntima de todas ellas era la actualidad racinguista, que firmaba con el seudónimo de Esteiro. Nunca me entusiasmó el fútbol, tal vez demasiado complejo para entenderlo desde la edad adulta. Valle, sin embargo, vibraba con el Racing: son incontables las zozobras y alegrías que el equipo de Ferrol le deparó. Esa dedicación formaba parte de su hondo sentido de ferrolanidad. Como la figura humana de Paco Valle -el respeto me impidió usar el hipocorístico con él- se agranda, se agiganta en mi memoria, como lo hace su irrompible tesón en hacer el bien, no tengo atisbo de duda al afirmar que aquella pasión suya era una muestra de salud vital, de optimismo. Lo recuerdo ahora, entre tantas banderolas verdes que embalan la ciudad, entre tantos ferrolanos que aman a su equipo.