Yo amaba la primavera. Era, con mucho, mi estación favorita. Me la tomaba como una recompensa a los largos meses del invierno: las terracitas, la manga corta, las horas de luz añadidas al día. Hasta que descubrí lo que significa experimentarla a fondo en el lugar en el que la tibieza de la estación se vuelve ardiente infierno: un aula con preadolescentes.
Es difícil expresar el alcance de las transformaciones primaverales de treinta terneros de doce años en tan reducido espacio. Podría compararlo -que sé yo- con mutaciones en el ADN mitocondrial o la fusión atómica y aun así quedarme corto. El menor cambio en la presión atmosférica desestabiliza la clase. El profesor, consciente de estar sosteniendo una red llena de seres vivos al borde de un precipicio moral, siente de repente cómo se le escapan y comienzan a despeñarse camino del abismo de la locura. La hormona se adueña del panteón y todo se pierde: no hay palabra inocente, ni gesto puro. Todo, absolutamente todo, se relaciona -ah, juventud maliciosa- con el despertar sexual que están experimentando.
Todos -del director al bedel, de la limpiadora al tutor- sabemos que esto sucede. Entonces -y notad el desgarro de mi voz a preguntar- ¿a qué alma de cántaro de la editorial se le ha ocurrido poner en la lección nueve -que cae en primavera sí o sí- un texto sobre las costumbres de los indios Chachapoya?
¿Oyen desde su casa las carcajadas del editor? Qué mala baba tienen algunos.