Me sobrecoge la gravedad de los datos publicados en este periódico sobre el consumo de alcohol, que ponen de manifiesto hasta qué punto avanza entre los niños. Porque niños son los menores que analiza el informe. Sé que mi condición de profesora de adolescentes, que conoce y vivió el problema, me condiciona al calificar como drama algo aceptado con naturalidad por una sociedad, e incluso por algunas familias, que parecen desconocer los dramáticos efectos del hábito de beber. Me alarma que, mientras con criterios sanitarios se intenta alertar de los graves daños para la salud del descontrolado y prematuro consumo de bebidas alcohólicas, algunos políticos presuman de acondicionar espacios para que nuestros jóvenes puedan beber con más comodidad en las noches de vino y rosas? Y qué decir de esos padres que se acuestan, y duermen a pierna suelta, mientras sus hijos de catorce, quince, o menos años, se inician en el consumo de esa droga casi silenciosa que va minando su salud física y mental.
Es urgente que el Estado, como hace en otros ámbitos, exija responsabilidad a los padres que abdican de sus obligaciones como tales. ¿No les extraña la presencia en la madrugada, en calles y plazas, de chicos y chicas, casi niños, bebiendo sin control sin que haya intervención alguna de las autoridades? Y hay algo más grave: no parece que haya conciencia colectiva de la urgencia de luchar hasta donde sea necesario para destruir el nefasto matrimonio entre bebida y diversión.