En la playa

Miguel Salas Q

FERROL

uerida María: Acabo de volver de pasar un fin de semana estupendo en la playa. Pero cuidado: no te imagines nada ni de lejos parecido a nuestra Santa Comba. Kenting, uno de los destinos turísticos más populares de Formosa, es una larguísima carretera llena de mugrientos restaurantes de marisco, chiringuitos de fritanga, tómbolas y un constante discurrir de motos y coches a toda pastilla. Paralela a tan paradisíaco paseo, la playa: preciosa, sí, pero llena de porquería. En ella, entre los maderos y las piedras arrastrados por la corriente y las latas y botellas abandonadas por las hordas marranas, puede uno encontrar un par de metros cuadrados donde extender la toalla y echarse al sol.

El momento álgido de la jornada playera tiene lugar cuando los turistas, innumerables como soldados de terracota y todos al mismo tiempo -justo cuando el sol deja de picar- aparecen en la playa, desierta hasta ese momento, para darse unos revolcones en las olas orilleras vestidos de la cabeza a los pies. Poco amigos de las pieles bronceadas, y en general pésimos nadadores, los taiwaneses no conocen modo mejor de disfrutar de la playa que chapotear en las charcas con la ropa puesta. El espectáculo es digno de ver: camisetas, camisas, vaqueros y calcetines de todos los colores se mezclan en una algarabía de arena, espuma, salitre y chasquidos de cámara: lo importante, a la postre, es tener una foto que subir al Facebook. Sin ella, no hay vacaciones.