l tiempo se hizo redondo solo para gastarse más pronto, dice Daniel Sada en A la vista, la última expresión de su irredento barroquismo mexicano, un desbordamiento verbal embriagador e inaprensible hecho novela. Después de un verano titubeante y remiso, las setas, las castañas, la miel, las nueces... reavivan la gastronomía sin más propósito que mitigar la lánguida flojera que irremediablemente sucede a la temporada de las truchas. (El duelo no flaquea ni tentando las lubinas desde la playa). Y ya empiezan a menudear las excursiones al campo. Coches detenidos en impensables lugares de las orillas de pistas y carreteras secundarias que cicatrizan el territorio de Ferrolterra ponen de manifiesto que la afición a la micología goza de excelente salud entre nosotros. Pinares, sotos, bosquetes de toda laya, brezales, praderías, monte bajo, solanas y umbrías, no queda un palmo por escudriñar. Y cómo madrugan los malandrines: cada día es más difícil llegar el primero aun a los seteros más recónditos. Algo perfectamente comprensible, y estimulante a la vez. La recolección libre de hongos es de los pocos placeres que, mientras la actividad no sea sometida a restricciones y mejor no dar ideas, todavía salen gratis. En tiempos de furor ahorrativo -¿qué tal si se prueba con los seis mil millones de euros de aportación del Estado a la Iglesia? Solo por tantear y no empezar por la enseñanza- es un incentivo más. Un estímulo acuciado por la fugacidad redonda de la temporada, que hace más apetitosos los manjares del reino miceto.
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