Fiesta de la luna

Miguel Salas

FERROL

uerida abuela: la semana pasada se celebró en Taiwán la fiesta de la luna, una de las pocas -trabajan a destajo, estos tíos- que es oficial y detiene el país. Las clases universitarias comienzan justo después: supone, así, una bienvenida prematura y melancólica al otoño y, sobre todo, el adiós a unas largas vacaciones en las que el español de mis alumnos ha volado, como un pájaro, a alguna remota rama de la que aún no ha descendido.

Como casi todas las festividades aquí, su origen es chino y se celebra -sucede en cualquier tradición de cualquier rincón del mundo- comiendo, bebiendo y dando gracias a los dioses. La idea consiste en organizar una barbacoa a la luz de una pletórica y septembrina luna llena. Las estrechas aceras de la ciudad se llenan de familias y grupos de amigos que mojan con cerveza carne de pollo, tofu y vegetales. Como son poco amigos de cuchillo y tenedor, cortan las viandas en pedacitos muy pequeños. Cuando las sacan de las brasas, las envuelven en hojas de lechuga y las comen con la mano. Lo de usar la lechuga como plato me parece una costumbre que denota un admirable grado de civilización: es sencillo, ahorra quemaduras y no hay nada que lavar después.

De postre, unos densos pasteles amazapanados rellenos de judías rojas, curry y otras mil cosas que un gallego jamás se imaginaría dentro de un dulce. Pero claro, un gallego tampoco envolvería en una hojita un pedazo de churrasco de cuatrocientos gramos.

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