uerido Bernal: después de dos meses en Galicia, todo me parece soso cuando llego a Taiwán. No es porque su comida sea peor o menos variada que la nuestra -nada más lejos de la realidad-, sino porque son gente de poca sal. Cuando uno se va de tapas por España con un taiwanés sabe que su primer comentario será, siempre, «está bueno, pero muy salado». Con el tiempo, yo también me he vuelto un poco como ellos: es fantástico salir a cenar sin tener que beberte un litro de agua o su equivalente en cañas para poder pasar por los riñones toda esa cantidad salvaje de cloruro sódico. Recuerdo que hace un par de semanas, en el Urimare, en Narón, mi prima Sara le zurraba con el salero a las pizzas de panceta antes de haberla probado. Una estampa muy ibérica. Seguro que te suena.
Pero cada pueblo tiene sus debilidades, y la de los taiwaneses es el picante. En todos los restaurantes se topa uno con botes llenos de un pringue rojo y aceitoso capaz de sacarle los colores al mexicano más chingón. Aquí hasta las chicas, tan menuditas como son, engullen las guindillas con un estoicismo que sorprendería al mismísimo Marco Aurelio. Yo probé una vez una sopa especiada por una compañera de trabajo y se me fundieron más de quinientas papilas gustativas.
Así que ya sabes: si vienes a Taiwán, no te fíes cuando el camarero te diga que este o aquel plato no son picantes. Aquí tienen las lenguas curtidas como cuero de zapato. Así suena el mandarín luego.
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