Q
uerido Carlos: ha llegado el día. Todos los veranos me sucede lo mismo. Después de salir de Taiwán sin tiempo apenas para hacer el equipaje, de cruzar el mundo a matacaballo, movido por el ansia de contemplar Santa Comba, de olvidar por completo dónde he pasado el último año y de vivir como si nunca hubiera salido de Cobas, me descubro una mañana pensando en la leche caliente de soja negra que hacen en un chiringuito de Taichung, o me llama la atención que los ancianos de la plaza de Amboage estén sentados al fresco, quietecitos, en lugar de haciendo taichí.
Comienza en forma de breves relámpagos, como cuando recordamos bruscamente un retazo de sueño para olvidarlo un instante después. Las imágenes, poco a poco, se mezclan y amalgaman, cogen cuerpo y, por último, dan lugar a un sentimiento claro, sólido e ineludible: echo de menos Taiwán. Durante la primera mitad de las vacaciones y desde el mismo momento en que puse un pie en el avión para volver a Galicia, Formosa me había parecido un pequeño lugar de la imaginación, pero al empezar agosto, vuelve a mí: surge de entre los tojos con sus palmeras, sus templos rojos, sus mugrientos mercados.
Dice Alain de Botton, en El arte de viajar, que la lengua alemana posee dos palabras para referirse a la morriña. La primera designa la nostalgia del hogar; la segunda, la de estar fuera de él. La energía centrípeta y la centrífuga. Entre ambas, el misterio imposible y sagrado del equilibrio.