ay semanas que son santas en el calendario. Que no se perdonan. Que no hay plan que las sustituya. Que te han visto crecer. A las que no se falta. Por tradición, por afección y por afición.
No conozco más Semana Santa que la ferrolana, y las costumbres sureñas que otras practican, cuando las observo a través del televisor, se me hacen extrañas. La mía tiene silencio, estampitas, desfiles imponentes, capuchones que no capirotes, pipas para la espera, abuelos padres e hijos en la acera, empujones por estar en primera fila, acentos de aquí y de allá, tronos que se yerguen en el aire, sudor y cansancio, pies descalzos sobre adoquines de una tabla de chocolate, el sonido de la cadena de metal sobre el suelo, y retinas que observan a través de dos ojales y que hablan mientras caminan en silencio.
Bares hasta la bandera que volverán a quedarse vacíos solo una semana después, bullicio en las calles que pronto recuperarán el silencio, turistas y familiares que vuelven a casa, caos de tráfico, vallas que te impiden salir del laberinto, coches mal aparcados, churros a media tarde, vinos a media mañana, conachos y cachimanes, lazos y perlas, tapa de rajo y de chipirones, y comidas pantagruélicas-familiares que se alargan hasta la cena.
Fuera o no fiesta de interés turístico nacional, fuera o no la más importante de todas las que se celebran en Galicia, sería igualmente la semana grande de Ferrol, santa por muchas cosas, más allá de las estrictamente religiosas.