e gusta pensar que el día a día está plagado de cotidianos detalles solidarios que, muchas veces, nos pasan desapercibidos. Por defecto, nos llama mucho más la atención lo negativo, lo escabroso. Y no le damos a determinadas acciones la importancia que tienen.

Viene a cuento esto de lo sucedido el jueves en la gasolinera de As Pías. Gustavo Pereira estaba trabajando en un tanque del recinto cuando se vio envuelto en una explosión. A pesar de estar herido, tuvo el aplomo de, primero, quitarse su ropa en llamas y, después, coger un extintor para sofocar el fuego y, así, evitar lo que pudo ser una catástrofe.

Es muy probable que de lo que hizo Gustavo, arriesgando su vida en una reacción rápida, pocos se acuerden cuando pase un año. Seguramente seguirá currando en lo suyo. Sin más. Lo que, de entrada, ya no es poco.

Pero lo dicho, lo que hizo no se ve todos los días. Muy al contrario. Y lo que de verdad me envenena, a veces, es que muchos anónimos se queden así, anónimos, mientras otr@s, por muchísimo menos -a veces, incluso, por nada- copan fotografías y titulares en la prensa. Lo de Gustavo me hace pensar en aquell@s que se creen imprescindibles. Como una especie de héroes o heroínas locales. Gurús clarividentes que, en realidad, solo son poses, fachadas y carecen de discurso de fondo. Por desgracia, creo que salen como setas. Encantadores de serpientes que, al lado de los anónimos, se quedan en una triste humareda. Porque es lo que son.

M