uerido Papá: Ayer regresé de Penghu, un curioso conjunto de islitas que se sitúan entre Taiwán y China. La población es, más o menos, la de Ferrolterra. Se dedican a la pesca, la agricultura y el turismo.
Han sido varias las cosas que me han llamado la atención de la región. Para empezar, el espeluznante viento que sopla perpetuamente desde el mar. Tal es su fuerza que toda la vegetación de la isla está, literalmente, abrasada. Hasta preguntamos en el hotel si habían sufrido un incendio recientemente. Los escasos árboles y los escuálidos matojos que cubren los montes son del color del carbón, y los pobres paisanos tienen que levantar altos muros de gris piedra volcánica para que el salitre no eche a perder las hortalizas.
Las playas son bonitas, pero tétricas.
Formadas de coral blanco molido por las fuertes mareas, las toneladas de basura arrojada por los nativos les arrebatan casi todo el encanto. Además, están salpicadas de tumbas de gente del pueblo, que parece preferir las vistas al mar para pasar la eternidad. Sus orillas, en invierno, se llenan de los cadáveres de los incautos peces tropicales que se atreven con estas gélidas aguas. Al caer la noche, las ratas bajan a la arena para dar cuenta del pescado y la porquería. Las frías corrientes y la desidia de la gente les ponen el banquete en bandeja.
Es el escenario ideal para una película de terror, de esas que me gustan tanto y a ti tan poco. Sólo falta la Santa Compaña.
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