e pareció muy oportuno y de justicia el reportaje que este periódico dedicó a las viudas el pasado sábado.
Pocas situaciones hay más injustas que el tratamiento que se da a la viudedad en el conjunto de las prestaciones sociales.
Quiero aclarar que mi comentario se refiere a las otras viudas, a esas mujeres, hijas de una época en la que no tenían otra elección que dedicar su vida a ser el soporte fundamenta de la familia, aunque su trabajo nunca fue retribuido con un salario.
Hoy que la mujer, afortunadamente, tiene muchas posibilidades de elegir si trabaja o no fuera del ámbito familiar; se está incorporando masivamente al mundo laboral y recibe -una gran mayoría- la misma formación que el hombre, el tratamiento de la viudedad, a efectos de regulación del derecho a pensión, debe ir ajustándose a la nueva realidad.
Pero es necesario que esas viudas, de edad avanzada, que no pudieron ni pueden reconducir su vida, tengan un régimen de prestaciones más solidario, más justo.
Es hora de revisar estas prestaciones y de diferenciar las situaciones que convierten en personas en el umbral de la pobreza a cientos de miles de mujeres cuyo único pecado fue vivir en una época en la que la educación imperante las empujaba al exclusivo papel de amas de casa sin posibilidad de otra elección.
La solución pasa por ampliar, al menos a un 70%, el importe de la pensión, porque cuando se muere el cónyuge ni todos los gastos ni la viuda se dividen por dos.
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