Crispar. La propia palabra es un rechinar de dientes. Lleva implícito el dolor de cabeza. Pero esa práctica, la de elevar la exasperación a la categoría de deporte, cada vez es más común. Y, sobre todo, en la política, donde ya no lanzan dardos, envían cañonazos burdos y aparatosos. Y, tristemente, suelen tener un radio de acción mayor que las finas flechas. La mejor ironía, el ingenio, la virtud del ataque bello y de la defensa sutil pero efectiva, como en el buen fútbol, parecen quedar relegados a la historia, a lejanos discursos solo en la prensa y la radio, o al reino del blanco y negro de la televisión. Hoy se adoptan los usos y formas de los duelos cumbre del delirio del más podrido corazón. Y, como en el corazón infartado, el duelo se extiende entre los mortales y se recrudece cuando más superficial es el campo de batalla. Lo fundamental, como ocurre con el desmantelamiento del Estado del bienestar, genera menos agitación que la ley del tabaco.
Adictos a la crispación. Tiran la piedra y ni siquiera se molestan en esconder la mano, sino que la exhiben con orgullo. Dicen que no es para tanto. Después se sorprenden porque no encuentran diques que contengan todo el odio sembrado. Ellos no quisieron decir lo que otros creyeron escuchar. Nunca encendieron mechas ajenas. Como el Tea Party, por ejemplo. Que intentaba venderse como un puñado de ingenuas amas de casa y hastiados obreros que intentan levantar cada mañana la América que Obama se empeña en derribar con taimadas reformas sanitarias. Desde la izquierda y la derecha algunos avisaban. Otros exaltaban el movimiento ciudadano esquivando la basura que salía de las bocas de sus cabecillas. Resulta que jugaban con fuego. Y una quemadura fea y dolorosa rompió la piel de Arizona. Un tiroteo a la vieja usanza, tan tradicional y americano como ciertas proclamas del Tea Party. Pero no era para tanto. Lo de la crispación. Lo del fuego.