La moviola

José Varela

FERROL

En días de calor sofocante, los ribereños calabreses ven hacia el poniente, sobre el mar que los separa de Sicilia, cómo levita su ciudad, cómo entre la leve calima de polvo blancuzco flota suspendida en el aire con sus casas y sus palmeras. Es el efecto fatamorgana -hermoso nombre con ecos mágicos y legendarios-, un espejismo producto de la inversión térmica que no es exclusivo del estrecho de Mesina aunque en las tierras meridionales de Italia adquiera una belleza singular y sobrecoja como en ningún otro lugar conocido. Sea, pero al respecto, modesta y orgullosamente, los ferrolanos reivindicamos a nuestro ilustre paisano don Gonzalo, que escrutó un Castroforte de Baralla aquí al lado, en mares bien más fríos y grises que el Jónico o el Tirreno. Y en esas estamos.

Bajo el influjo de una serie de circunstancias que no han sido determinadas por el momento, pero discernidos los vientos suicidógenos no se tardará en lograrlo, entre el Ferrol real (convengamos que existe una ciudad tangible, evaluable, constatable, hasta sufrible y gozable, que tiene este nombre) y el observador se alza una ilusión óptica que responde al mismo topónimo pero cuyos perfiles y moradores han sido caprichosamente desdibujados por el hada Morgana; tal que si don Gonzalo cediese su recado de escribir a Valle. Emerge, así, ex novo un Ferrol desconocido y, en más de un sentido, deslumbrante, para qué vamos a decir lo contrario. Un doméstico retablo de las maravillas con sombras chinescas al fondo, y todo el tinglado acompasado como una cajita de música.

El observador, absorto en ese estado de incipiente alucinación, mira el girar y girar de la moviola como en un aleph: no hay pasado ni presente ni futuro. Todo se confunde en un magma espacio-temporal que solo advierten los tocados por la suerte de haberse criado en este rincón ártabro. Los demás, excluidos del prodigio, solo aciertan a ver una ciudad en la que el tiempo, amnésico, se ha olvidado de seguir avanzando. Seguro que se equivocan.