La pesca de truchas, y disculpen la ocurrencia que estamos en veda, es una caja de sorpresas. Olviden los cestos vacíos, que esa dejó de ser novedad. Sin ir más lejos, busca uno el siempre tentador tramo libre aguas abajo del coto de Taboada, en el río Deza, y, antes de jugársela por pistas terreras de respetables pendientes, abandona la antigua carretera Santiago-Ourense en Silleda y se mece más que circula entre plumones por la de Silleda a Vila de Cruces: ancha, diáfana, amplia visibilidad, carril de lentos en las cuestas, bien señalizada, con arcenes generosos, pavimento de calidad; en fin, como hacía Pepe Cuiña las cosas cuando quería quedar bien con sus paisanos más inmediatos: un día é un día, e un peso ghastouse (mayormente del erario).
La pesca del choco también da sorpresas, pero no comparen. Vean. Si uno vive en Ferrol y procura como cebo vivo los activos cangrejos a los pies del viejo puente del Puntal, en el estuario del río das Mestas, donde muere el término de Valdoviño, ha de pensárselo dos veces. La carretera que enlaza las dos principales poblaciones costeras del norte de Galicia, Ferrol y Cedeira, no tiene nada que ver con la de la megápolis Vila de Cruces. Donde ésta goza de un trazado del siglo XX, la de Cedeira presume de un infernal eslalon ondulante en las curvas de Santalla en Vilarrube; frente a carril de lentos en la del Deza, línea continua durante kilómetros y kilómetros en Ferrolterra; contra un oasis de paz y soledad sobre un asfalto impoluto, horas de intenso tráfico y colas de decenas de coches en la nuestra; ante el gozo de unos pocos, el crujir de dientes de unos miles; frente a la festa rachada, cicatería de la Xunta año tras año.
El alcalde de Cedeira, que antepone la lógica cartesiana de la justicia distributiva a las astucias de un pescador, llama a movilizarse contra la contrastada hipoacusia de un Feijoo obnubilado por los platós y saraos madrileños. Pero ha de andar con tino, que circula mucho pescador de río revuelto.