Proximidad

José Varela

FERROL

Imaginen por unos instantes que fuesen los vecinos de O Pieiro quienes tuviesen la última palabra sobre qué barcos pueden y cuáles no acceder al puerto exterior a alijar su cargamento; que el parecer de los residentes en Leixa o Catabois se elevase a condición sine qua non para la elección de la técnica quirúrgica a aplicar en los quirófanos del hospital comarcal; incluso, que el criterio de los habitantes del Cuadro de Esteiro fuese determinante antes de enviar a los infantes de Marina del cuartel de Dolores a alguno de los muchos conflictos que afligen al mundo. Dirán, espantados, que la sola sugerencia de la fantasía ya parece un desvarío.

Ahora reparen en la aplicación cotidiana de ese principio de proximidad implícitamente sugerido y deliberadamente elevado a astracanada en los casos apuntados. No necesitamos remontarnos a los tiempos en los que un alcalde y sus cuates yugularon impunemente durante años el tráfico de vehículos entre Ferrol y A Coruña, aliviando por la alcantarilla millones de horas de trabajo, por el único motivo de que la N-VI pasaba por su municipio y decidieron aplicar un fielato político infamante. Cada día lo vemos en la ciudad: grupos reducidos de personas se erigen, por si y ante si, como interlocutores ante el Concello para negociar el futuro de obras, inversiones y proyectos que afectan a la ciudadanía en su conjunto. Es una suerte de sinécdoque moral abusiva que se aplica con tal descaro que pasa ya por ser una práctica legítima. Indiscutiblemente, el premio, en esta y en otras ciudades, se lo llevan los mercaderes: la calle en la que comercian y de la que viven, alardean, es suya, de tal modo que, mutatis mutandis, también lo es lo que sobre ella sucede. Mobiliario urbano, tráfico, iluminación, control de ruidos, peatonalización, limpieza viaria, ornato navideño, fiestas locales... ¿y los demás, y nosotros, los que pagamos la parte de león de esos servicios y holganzas, no pintamos nada en este sainete?