Vándalos

Francisco Varela

FERROL

04 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Hay algo de primitivo en ese tesón de destruir los observatorios de aves de la laguna de A Frouxeira. Es la tercera o cuarta vez que queman el habitáculo de madera, pero no es el único, porque al existente en la senda peatonal que va de la playa de Morouzos hasta Santa Marta de Ortigueira le ocurre otro tanto. Es como el fracaso de la educación, del amor a un entorno privilegiado que debe destruirse concienzudamente. Porque esto de la ecología, ya se sabe, es un capricho de cuatro locos de la ciudad que acuden al idílico campo ¡a ver pájaros! Hace falta estar chiflados, ahí, pasando frío y con unos prismáticos solo para observar cómo aletea una garza, que mejor estaría en la pota. A qué viene tanto mirar, mejor poner el ojo en el punto de mira y apretar el gatillo del rifle de cañones superpuestos y, venga, a la cazuela. Quizás sea reflejo del desencuentro entre el anhelo oficial y una realidad chata, que permite que se queme una y otra vez una sencilla cabaña de aficionados a la naturaleza. Se podían entender actitudes tan retrógradas hace 40 años. Ahora han pasado cuatro décadas y algunos todavía no sienten como propio un bien colectivo al que hay que cuidar como la parcela amurallada de bloques horribles (por menos de un ferrado se mata si hace falta). En el interior de Santander en zonas rurales, una eficaz campaña pública dio resultados extraordinarios, en materia de cuidado del entorno. Se consiguió implicar a todo el mundo, desde el campesino al cartero de reparto, el ganadero o el contratista de obras. Aquí será baldío gastar dinero en tratar de atraer turismo de naturaleza a Ortigueira o Valdoviño si antes no se acaba con este vandalismo. Los ornitólogos de la SGHN lo atribuyen a los furtivos que pescan en la laguna y no quieren ser vistos. Una hipótesis que obliga a trabajar a los vigilantes de este espacio natural protegido. En todo caso, no deja de ser otra forma de comportamiento salvaje impropio de estos tiempos.