Los servicios de limpieza emplean hasta doce horas de trabajo cada semana para retirar la basura que dejan los jóvenes que se reúnen a beber en la plaza del Cantón
25 oct 2010 . Actualizado a las 12:59 h.Los jóvenes le llaman «el cenicero». Puede que se refieran así a la plaza del Cantón donde se alza la estatua de Sánchez Barcáiztegui por su particular fisonomía. Aunque el sobrenombre bien podría responder a las montañas de colillas que se acumulan a los pies del insigne marino ferrolano todos los fines de semana, a causa del famoso botellón, junto con cartones de vino, botellas, bolsas de plástico, restos de comida y vasos con todo tipo de brebajes espirituosos.
«Todos los viernes por la mañana sucede lo mismo. Llego aquí y me encuentro con este panorama», comenta con cara de resignación un trabajador de los servicios municipales de limpieza ante la estampa de la plaza repleta de basura. Son las nueve y media de la mañana del día 22 de octubre, pero para buscar el origen de las lamentaciones del empleado hay que viajar casi diez horas antes en el tiempo. Y situarse al filo de la medianoche del jueves en el cenicero.
A esa hora, Rogelio, Cris, Quico y Alex, cuatro estudiantes de ingeniería técnica de la Politécnica de Serantes, son de los primeros en hacerse con un banco en la plaza del Cantón. Llegan cargados de bolsas del súper y enseguida se ponen a preparar los cubatas. «Venimos aquí porque es donde hay ambiente los jueves y porque, además, nos sale mucho más barato que ir de pubs», apunta Rogelio. En esta pandilla cada uno ha puesto «entre 4 y 5 euros», sumando así una cantidad que les ha llegado para comprar «un Kas de naranja, una botella de ginebra y otra más de un vodka de 3,45 que es buenísimo», dice con sorna el estudiante.
El tiempo pasa y el ambiente se empieza a caldear. A la una de la mañana, más de cien jóvenes rodean ya a Sánchez Barcáiztegui. Algunos acuden al encuentro con vaqueros y zapatillas deportivas, pero también se pueden ver imágenes chocantes de chicas súper arregladas, con taconazo y vestidos mini, bebiendo del cartón de Don Simón.
Fernando, uno de los asiduos del cenicero, explica que el botellón ferrolano varía mucho en función del día escogido para salir. «Los jueves vienen sobre todo universitarios que estudian en Ferrol, pero que no son de aquí, y la verdad es que hay muy buen rollo; los sábados el ambiente ya cambia, vienen más macarras, y es raro el día en que no hay alguna discusión», advierte el joven.
Muy cerca del estudiante, Ester, alumna de primero Diseño Industrial, comparte risas y bromas con sus compañeros de clase. Cuenta que es de A Coruña y que, en su ciudad, los botellones son mucho menos «respetuosos». «Allí nos reunimos en los jardines de Méndez Núñez y cada diez minutos hay una pelea», comenta la alumna.
Cerca de las dos de la mañana, los jóvenes se encuentran ya en el momento de la exaltación de la amistad y los cánticos regionales. Al preguntarles por las basuras que dejan tras sí, algunos se excusan alegando que no hay suficientes papeleras, pero la mayoría reconoce que no hace el más mínimo esfuerzo por dejar el lugar tal y como se lo encontró. Y desde el Concello lo certifican: cada semana, los servicios de limpieza emplean doce horas de trabajo en borrar el rastro del botellón.