El legionario

Miguel Salas

FERROL

Querido Nico: Este viernes se casa, Dios mediante, un amigo cordobés con su novia taiwanesa. Para celebrarlo, salimos el sábado pasado a cenar. Elegimos un restaurante español que acaba de abrir hace quince días. Made in Spain, se llama. Alguien nos había comentado que el propietario era un taiwanés que vivió en España. Lo típico, pensé. Un asiático enamorado de los toros que pasa en Barcelona dos veranos, descubre el azafrán y aprovecha el tirón de lo hispano para forrarse de vuelta a casa a base emplastos intragables de arroz amarillo. No me gusta españolear en Taiwán, pero qué narices, todo sea por el novio. Ay. Sorpresas te da la vida. Yen, el dueño, nos abrió en persona. En el fornido brazo que sujetaba el pomo -lo juro-, un tatuaje de un palmo de la legión española. Antes de que pudiéramos reaccionar, nos acomodó en un sofá de látex rojo propio de un garito marbellí de los ochenta, y nos contó, con un perfecto acento canario, su historia. Escapado de casa a los quince años, se alistó a la legión española por eso de que no hacen preguntas. Después de pasarlas canutas, se acostumbró al tercio. Y hasta le cogió gusto, por cómo le brillan los ojos cuando habla de aquellos años: su especialización en tiro con mortero, las operaciones, los pedazos de historia viva de España (vivió en la legión el golpe de Tejero). Luego, lo de siempre: el amor, y un hijo que juega hoy en un equipo de segunda B.

Entre plato y plato -Yen cocina él mismo, y muy bien- se fueron desgranando las anécdotas, más íntimas -y atrevidas- a medida que avanzaba la noche. Buscamos en Internet himnos de la legión y Yen -bendito vino- nos los cantó a voz en cuello y con la lagrimita al filo del ojo. Mis amigos y yo estábamos, te puedes imaginar, patidifusos. ¿Cómo pagar un momento así, tan surrealista, tan mágico, tan sin fronteras? Pues volviendo: la próxima cita, el doce de octubre. ¿O te creías tú que un legionario, por muy rasgados que sean sus ojos, va a dejar de celebrar el día de la Hispanidad?