Puerto pesquero y espacio mítico al mismo tiempo, la leyenda, que también habla de los guerreros de Ith navegando en barcos de cuero, sitúa en él el recuerdo de una mujer cuyo nombre forma parte del misterio
06 oct 2010 . Actualizado a las 16:02 h.Y lo cierto es que la leyenda es muy hermosa. Más hermosa, incluso, que la mayoría de las que, aun sin pretender explicar el mundo a la manera de los mitos, nos ayudan a habitarlo, a la vez que a intuir lo que no vemos. El caso es que la leyenda que habla de los orígenes de Cariño, también recogida de las fuentes orales por Esperanza Piñeiro de San Miguel y Andrés Gómez, menciona a una princesa celta, naturalmente muy rubia y muy bella, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, de manera que sigue habitando el misterio.
El caso es que la princesa falleció. Y que su padre, el señor del castro que coronaba lo que hoy es Cariño, tras darle tierra en una mámoa cercana, quedó sumido en la melancolía. Años después, los barcos de la flota de guerra de Ith, el hijo de Breogán, en la que iban ya 49 jefes celtas, hizo puerto en Cariño; y también el señor del castro se unió a ella, sin dejar de suspirar por la hija que se le había muerto. Como allí volvieron a suspirar, más tarde aún, quienes, lustros más tarde, regresaron desde lejanas islas para darle sepultura al propio Ith en su tierra. En la tierra de sus muertos. Dice la leyenda, también, que quienes aquellas aguas navegaban, en tiempos anteriores a la llegada del romano, suspirando por princesas prematuramente muertas y por reyes guerreros, gobernaban con mano firme el timón de barcos de cuero cuyas velas siempre eran de colores, quizás para que el viento las impulsase hasta Irlanda más alegremente.
Un hada providencial
Llegamos a Cariño, la cámara de bolsillo y yo, con la tarde bien avanzada. Buscando esa luz que cambia todos los colores frente al Atlántico, donde Europa comienza. Quizás por culpa de la hora, no encontramos quien pudiese recordar aún el nombre de la tan suspirada princesa celta. Pero sí encontramos, en cambio, un hada, de largos cabellos rubios ondulados a la manera de lo que puede verse en algunos cuadros de Durero. Fue ella quien nos mostró, a la cámara de bolsillo que es casi un juguete, y a mí con ella, el camino hacia el lugar en el que ese raro prodigio de la luz se repite a los ojos de los mortales; y hasta nos indicó dónde podrían vendernos un cacho de empanada cuando, por la cercanía de la noche, ya se estaban cerrando casi todas las puertas. Alta y delgada como una reina de los vikingos, protegido el cuello por un pañuelo estampado que bien podría haber servido de insignia a algún emperador de Oriente, de muy buena gana le hubiese pedido yo al hada que me dejase hacerle una foto. Pero no me atreví a pedírselo. Y ahora ustedes, claro, no me creen.