Fue el miércoles, en Falcoeira, a orillas del curso bajo del Sor, en un cadozo que en la prometedora negrura de los primeros compases de la noche parecía de charol. La luna, tozuda pese a que va menguada, para afirmar su presencia buscó sin tregua las rendijas entre unas nubes que formaban manto, tal vez para verse en el espejo de un agua como tinta china. Su paciente esfuerzo no pasó de leves instantes de penumbra inconsistente y frágil cuyos brillos débiles apenas perfilaron el boscaje de la ribera de enfrente. Crecía sin premura un acomodaticio frescor húmedo, y el sonido infatigable de un cachón tras un recodo aguas arriba, y el afinado y sincopado reclamo de los pájaros de las tinieblas. El escenario exacto para el sosiego, para la meditación íntima, para cachear y descargar los bolsillos ocultos del alma. Y, sin embargo, una inquieta desazón se agrandaba y oprimía desde dentro el pecho y la garganta hasta provocar el carraspeo nervioso e impaciente. Un ánimo que sucumbía a la derrota ante la inminencia de la despedida inexorable, al inclemente agotamiento del tiempo concedido, a la inutilidad de la prórroga, del vano intento de irse despacito para quedarse un poco más, como susurra el bolero andino. El fracaso triste del adiós, en todo caso la melancolía que no la nostalgia. Semejante a un blues, música doliente cuyo ánimo alguien describió como cuando te deja tu novia y al echar mano a la cartera compruebas que no te queda ni un dólar para ahogar la pena.
Pues allá se quedan en el Sor, pero también en el Xuvia, en el Mandeo, en el Tambre, en el das Mestas, en el Eume, en el Lambre, en el Belelle; allá se quedan los reos, si es que remontan de nuevo, hasta la temporada 2011.
Allá continúan también sus hermanas las truchas. Los pescadores nos confortaremos en la ensoñación de que la próxima sí será una magnífica campaña. Mientras tanto, amaremos los salmónidos con la generosidad que nos enseña García Calvo en su poema Libre te quiero.