Uno de los problemas de nuestra democracia es la convicción de muchos políticos de que su futuro no depende de cómo ejerzan sus funciones sino del favor de quien tiene poder para decidir sobre ellos en cada momento. Por eso actúan a la sombra de ese poder que, por desgracia, dado el funcionamiento de los partidos y de otras instituciones, pocas veces premia el mérito y la capacidad y muchas, una lealtad tan mal entendida que acaba convirtiendo la política en el reino del nepotismo más despreciable, porque es una forma sofisticada de corrupción que contamina las raíces de la democracia hasta destruirlas.
El espectáculo, tan visible estos días, de la soledad de los ciudadanos ante los problemas que van agudizando la crisis de toda esta comarca hasta asfixiarla, contrasta con la presencia permanente en los medios de comunicación de cargos públicos que repiten consignas, insoportables por reiteradas, con el único objetivo de vender humo o de culpar al otro (o a la maldita banca), de la desfeita.
No están con la gente porque hasta el concejal más ingenuo sabe que su principal aval es no molestar a los jefes, hablar por boca de ellos y actuar en el interés supremo de repetir en el cargo. Probablemente todos tengamos una parte de responsabilidad, porque aceptamos resignadamente que, discrepar, alzar la voz en defensa de los representados y no del partido, es un pecado mortal que te borra de la lista, en lugar de exigir, cauces hay, una reforma de la ley electoral que permita que sean los ciudadanos los que juzguen directamente a sus representantes. Estoy segura que si fuese así ningún alcalde se atrevería a decir que no hay que molestar a la ministra con asuntos de Ferrol cuando está tan ocupada con otros de dimensión internacional... Ha llegado el momento de recordar, a punto estamos del bicentenario de las Constitución de Cádiz, que la soberanía reside en el pueblo no en el confortable regazo del jefe.