N o hace mucho que me atrapó una discusión sobre si los anuncios para frenar los accidentes de tráfico son demasiado duros. Hay una campaña reciente en la que varias personas reciben una fatal llamada por teléfono avisándolos de que la carretera ha pegado una puñalada en sus familias. Rostros rotos, lágrimas, angustia, terror... Expresiones que, en este caso, son de actores. Por desgracia, no siempre es así. ¿Demasiado severo para el telespectador? Yo opino que no. El verdadero castigo no está en la tele. Está en la realidad. Y de nada sirve ocultarla. Todo lo contrario.
Viene a cuento todo esto -muy a pesar del que suscribe, que preferiría hablar de otras cosas- por las últimas tragedias que nos ha traído el asfalto por estos lares. Dramas que han hecho saltar todas las alarmas, en este caso, en Cedeira y Valdoviño. Lugares en los que el cansancio está empezando a acumularse. Y donde no falta razón.
¿Por qué? Recuerdo perfectamente cuando era pequeño y mi padre conducía por la carretera a la villa, que frecuentábamos por motivos familiares casi todos los fines de semana. Y también recuerdo perfectamente cómo me mareaba en las curvas de Vilarrube, antes de que se ¿mejorase? el trazado. Y las interrogaciones van porque ahora, al pasar por el mismo sitio -así como un cuarto de siglo después- no me mareo porque conduzco yo. Y así es más difícil que pase. Pero la mayoría de las curvas siguen estando en el mismo lugar. Una tras otra. Traidoras y miserables. ¿Será tan difícil erradicar uno de los principales puntos negros de la zona? ¿No habrá posibilidad de que se haga de una vez por todas? ¿Tienen que seguir aumentando negras listas para que se tomen decisiones? ¿Hay algo más importante que la vida? Que no haya respuesta a esas preguntas sí que es duro. Eso sí que es una puñalada. Trapera. No los anuncios que salen por la pantalla pequeña.