La era digital ha hecho mucho bien. El bolígrafo BIC como herramienta para rebobinar los casetes era poco práctico y los discman portátiles eran mucho de lo primero pero poco de lo segundo. Sin embargo, la era digital también ha acabado con buenas costumbres -de lo que nos arrepentiremos, seguro- como la de revelar las fotografías. Las imágenes en papel permiten tocar los recuerdos, olerlos e incluso restregar las fotos contra el pecho si se diera el caso de que la emoción embarga.
Ahora está de moda ir de viaje y hacer millones de fotos. Él en el monumento. Ella en el monumento. Él y ella. Él y ella y los niños. De frente. De perfil. Luego, se meten en el portátil y se enseñan a los amigos en la pantalla del notebook, un pequeño ordenador que cabe en el bolso. Muy práctico. Pero frío.
En mi casa somos de revelar las fotos. Tanto antes cuando no quedaba más remedio como ahora, cuando no paran de decirte eso de: «¿Pero las pasas a papel todaaaaaaaas?». Sí. Lo hago. Qué pasa.
Tres décadas de recuerdos se apilan en un cajón de madera barnizada que, del peso, apenas se deja abrir. Álbumes y sobres amarillos de Josbe conviven con cientos de negativos desordenados que te dejan china mandarina si tratas de adivinar la estampa retratada.
Hay una foto entre tanto vivido que huele. Una foto en blanco y negro -de la década de los ochenta, que quien escribe esto aún no peina canas- que huele a las brasas de la hoguera de aquellas tardes de acampada en Canelas. A juegos en la playa de Cariño. A noches en la tienda de tela a la espera de que las goteras marcasen el paso de las horas. A primos y amigos. A aprender a tirarse de cabeza. Y a verano en Ferrol.
En mi casa se guarda esa foto como oro en paño. Porque aunque hoy cogiese mi supercámara Olympus 12 megapixels y fuese a Canelas a inmortalizar la misma estampa, no podría. Y les aseguro que de la transformación del paisaje ya no tiene la culpa la era digital.