Querido Eduardo: La peregrinación ha comenzado. Ya estoy en Madrid, con seis taiwanesas. Destino: Covas. Tras los últimos meses hablando de mi vida en Taiwán, dedicaré las cartas del verano a contar las experiencias de un grupito de taiwanesas por Iberia. Hoy, Segovia. Hemos llegado a las doce y nos hemos vuelto a las ocho, y apenas hemos sido capaces de recorrer el kilómetro escaso que separa el acueducto del alcázar. No es que las taiwanesas caminen lento, sino que son incapaces de resistirse a las tiendas: han caído en las trampas de los azulejos con pareado, los botijos, los imanes de cocina y las huchas en forma de cochinillo asado. He sufrido. Ellas no compran como nosotros. Lo tocan todo mil veces, miran, remiran, preguntan, dudan y por fin -y solo a veces- se llevan algo. En su país se lo pueden permitir, porque los dependientes son casi ángeles, pero ya sabemos lo que es España: a todos nos ha abroncado alguna vez un vendedor de recuerdos. Hoy, al paso inmisericorde de mis alumnas, sus conservadoras almas han crujido como las cuadernas de un barco viejo en medio de un tifón. Se diría al verles que las taiwanesas manoseaban dinamita, y no postales. Lo reconozco: me ha gustado verles tragar quina.
Al mediodía, las alumnas, que se han leído un par de guías llenas de tópicos, se han decidido por un menú castellano: sopa de ajo, cochinillo, y un pedazo de ponche segoviano. El triunfo ha sido para la sopa. El cochinillo ha dividido las opiniones, pero el ponche -una bomba capaz de doblegar el más pintado de los hígados- ha devuelto la concordia a la mesa: les ha parecido, por unanimidad, una porquería, de puro dulce. ¿Qué esperar de una raza que hace los postres con habas rojas? Lo de siempre: el gusto está en la costumbre, y sus razones son sentimentales. ¿Y por qué iba a deber lealtad una taiwanesa al cochinillo, si yo no la siento por las patas de gallo guisadas, que ellos chupetean por la calle con placer evidente? El exotismo es un camino de ida y vuelta.