Plastificado

Miguel Salas

FERROL

Querida Cuchi: en el mismo momento en que lees estas líneas mi avión despega de Taipei. Pararé en Bangkok, Amsterdam y Madrid. Veintidós horitas en total, pero me muero de ganas de verme en el aprieto: no soporto más esto de tener el cuerpo aquí y la mente allí. Los viajes, sobre todo sin son largos, empiezan siempre días antes de lo que dice el billete. Los preparativos de los últimos días se han visto, además, dificultados por las lluvias. Aquí no hablan de monzón, pero algo parecido tiene que ser. Sucede en mayo y junio. Sorprende la violencia de las precipitaciones, cuya duración puede variar mucho: dos o tres días con escasas interrupciones los más largos, los más breves unos segundos. Juraría uno que le han tirado un cubo de agua, hasta que ve que los demás viandantes se han quedado con la misma cara de pasmo.

Los chaparrones de estas características pueden complicar mucho la vida de una ciudad como Taichung, por la que es imposible caminar (apenas tiene aceras) y en la que las distancias son inmensas (cerca de dos millones de habitantes, la mayoría en viviendas de cuatro o cinco pisos). Los taiwaneses no renuncian a la moto. Se enfrentan a la lluvia en pantalones remangados, chanclas y unos chubasqueros miserables, de la calidad de una bolsa de basura, que venden en los quioscos y que hacen entre las piernas del conductor unos charcos en los que podría nadar una morena. Sus cascos, muy parecidos a orinales, no llevan visera, y apenas pueden ver cuando conducen. Quizás los ojos rasgados sean más adecuados para estas trombas de agua. Yo sí llevo casco con visera, pero en lo demás parezco tan taiwanés como el que más. A donde fueres, haz lo que vieres. Cuando paro en un semáforo siempre hay alguno que se parte de la risa al ver un extranjero (solucionan la papeleta subiendo a un taxi) plastificado y en chancletas. Pero, ¿qué sabe de Taiwán uno que se llama a un taxi por dos gotas de nada? Anda que no iban a ser aburridas estas columnas.