Querido papá: A una semana de volver a casa, me toca hablar mal de los taiwaneses. Vivir en el extranjero es emocionante, pero a veces se encuentra uno con cosas que no puede, o no sabe, digerir. Y eso me pasa a mí con el tráfico de este país. Son descuidados, torpes, chapuceros, desobedientes, y de un melodramático insoportable cuando tienen un accidente. Pero el peor de sus defectos al volante es su absoluta falta de solidaridad. Las reglas son sencillas: autobús puede a coche, coche puede a moto, moto a bici, bici a peatón. Si un vehículo más grande que el tuyo cambia de carril sin avisar, o hace un giro ilegal, te esperas y punto. Las consecuencias de un sistema semejante están clarísimas: los más débiles están vendidos.
Pensarás que es una exageración, que habrá policía, multas, un sistema de vigilancia y castigo parecido al de España. Lo hay, sí, pero solamente sobre el papel. Cuando ves a diario cómo los taiwaneses se saltan todas las normas del manual -y lo que es peor, las del sentido común- en los mismísimos morros de los coches patrulla, y no pasa nada de nada, te resignas a no contar con ellos.
Para que te hagas una idea: el ayuntamiento de Taichung, ciudad en la que vivo, acaba de sacar una campaña de concienciación vial. ¡Eureka! ¿De qué se trata? ¿Harán hincapié en la moderación de la velocidad, en el respeto a los pasos de cebra? Pues va a ser que no: la campaña está centrada en la vestimenta de los ancianos. Se les anima a que lleven prendas chillonas para que los coches les vean al cruzar. Cuantos más colorines, más posibilidades de sobrevivir. Así de crudo.
¿Habrase visto semejante bajada de brazos de un gobierno? Es como decirles: «Apáñatelas si eres débil y lento. Nuestra prioridad es apoyar a los que más pueden. «¿Te lo puedes creer? Espera, ahora que lo pienso? Si en la ecuación cambiamos conductores por bancos y ricos, y ancianos por pensionistas, autónomos o trabajadores, me recuerda a? No, mejor paro. Que yo quería hablar del tráfico.