Alcanfor

José Varela

FERROL

Hubo un tiempo, allá por los años setenta del siglo pasado, que a los viejos nos parece ayer, en el que la separación del servicio público y el negocio privado era un poco difusa, como si la línea divisoria, de haberla, estuviese emborronada. Ni los rojos en sus delirios alcanzaban a fantasear con casos como los de Gondomar o Marbella: con los corruptos en el banquillo. Barruntaban, como mucho, que eso podría llegar a pasar en Suecia o Dinamarca. Eran tiempos, cómo decirlo, en los que todavía persistía en el ambiente un cierto aroma a incienso y alcanfor, un olor que el aire de la calle iba disipando pero que impregnaba la Administración con la tozudez de una garrapata. En esos tiempos permanecían en magnífico estado de conservación en el norte de Canido unos restos de la fortificación diseñada para Ferrol por Sánchez de Aguilera, cuya vista dominaba la ensenada de la ría, Arnela, el Cruce, la Cabana, en estuario del río de la Sardina y el Dos. Amparados por las troneras y sobre un césped esponjoso, el lugar tanto servía para una sardiñada familiar como para la fogosidad de unos escarceos amorosos, o para convertir estos en un espectáculo para voyeuristas, que ya se ha dicho las saeteras de los muros estaban en condiciones de uso.

A los pies de ese baluarte se acaba de desterrar un humilde paño de aquel muro defensivo. Y nos alegramos, no por el hallazgo, pues estaba perfectamente documentado, sino por su rehabilitación simbólica. Pero lo hacemos con la misma intensidad con la que lamentamos que en los años setenta, desde algún despacho del Ayuntamiento, se urdiese la destrucción del viejo baluarte para levantar unos chalés que, por fortuna, nunca llegaron a convertirse en un insulto a la ciudad. Este periódico, humildemente, contribuyó a frenar aquella codicia desbocada. Lástima que no llegase a tiempo de evitar la destrucción del patrimonio: los pillos habían empezado por ahí, y como exhalaban tenues efluvios de alcanfor e incienso...