En días como estos, escasos de héroes, a mí me vienen una y otra vez a la cabeza Manolo y Carlos. Uno ya sabe lo que son los cuarenta. El otro todavía no huele los treinta. Pero los dos son un par de chavales. Buena gente.
Manolo y Carlos -dos tipos a los que conozco bien- saben poner siempre los pies en la tierra. Esquivar etéreas macrorrealidades en las que otros creen vivir. Decir las cosas claras. A la cara. Sin necedades. A Manolo y a Carlos les suelen importar un bledo los múltiples debates inútiles y cansinos que tanto abundan por estos lares. Carecen de ganas y de tiempo para ellos. Porque, más que otra cosa, tienen mucho que hacer. Y, además, quieren hacerlo bien.
Manolo se curró la carrera del tirón. Como tantos. Con muchas noches en vela de por medio. Cuando no tenía trabajo, se lo buscó. Nunca se estuvo quieto. No va con él. Si la realidad que tiene delante no le sirve, la cambia. Y con empeño, hace ya tiempo que lo consigue. Sin deber favores. Sin quejas ridículas. Sin lamentos.
Carlos ha visto de todo. Hoy es operario. De los buenos. Y, de paso, hinca codos en el campus de Serantes. Quiere saber más. Tiene hambre. Antes, por ejemplo, supo lo que es una barra de bar. Pero por dentro. Horas y horas de pie. Y cómo las lían jefes y clientes en los ferris que unen Inglaterra e Irlanda. Jornadas eternas de faena. Vive y deja vivir. Sin deber favores. Sin quejas ridículas. Sin lamentos.
Como Manolo y Carlos, claro, hay miles. Otra cosa es que yo escore hacia ellos. Mis motivos tendré. Y todas esas personas, también Manolo y Carlos, son los héroes de cada día, Aunque no copen periódicos. Ni quieran salir en una fotografía. Aunque sea a costa del ridículo. Qué va. Están muy liados. Viviendo. Trabajando. Soñando. Con la tranquilidad de saber que el que quiere suele poder. O, al menos, debe intentarlo. Con más como Manolo y Carlos, las cosas pintarían de otro modo por aquí. Para mucho mejor. Claro.