Un día raro

Miguel Salas

FERROL

Querido Eduardo: Todos, alguna vez, hemos tenido un día raro, como de libro infantil, con ese puntito surrealista que solo los niños aceptan sin extrañarse. Tú, que has viajado sabes que esa sensación aumenta cuando estás lejos de la tierra y no entiendes los engranajes de tu cultura de adopción. Como la semana pasada. Todo empezó al regresar de clase. Mi moto no estaba donde siempre la aparco. Llamo a mi amigo Miguel, que sabe chino, para que me aconseje. Me pregunta si estoy donde la moto debería estar. Le contesto que sí. Mira al suelo, anda, me dice. Vaya. Hay un larguísimo número de teléfono escrito con tiza amarilla sobre los adoquines rojos. Resulta que, como hay muchas empresas privadas de grúas, así te comunica la policía dónde tienes que llamar para recuperar tu moto.

No es un robo. Bien. Llamo al teléfono, me dan una dirección, me subo a un taxi. El taxista me pregunta mi procedencia. ¡España! Le encanta España. ¡Douniou (toros), Laer (Raúl) Aronsuo (Alonso)! Lo de siempre. Pero este es fan de Alonso de verdad. Empieza a darle tralla al coche. Busco el cinturón trasero. No hay. Le digo que se calme. Se ríe. Ha habido química. Gracias a dios, llegamos enseguida. Me deja en un prado lleno de motos. Al fondo, un chamizo con techo de uralita, y una sola bombilla desnuda en la puerta. Allí, amigo español, adiós, guan-chia maderi (Real Madrid).

Dentro, el absurdo parece remansarse un rato. Pago, sonríen, sonrío. Ese señor, me dicen, te llevará a tu moto. Un viejecito con el típico sombrero cónico de hojas de palma, pantalones cortos y camiseta interior me coge del brazo, como si fuera mi novia, y me arrastra. Y otra vez a empezar: ¿España? ¡Aqua, aqua!, dice. ¿Sabe español?, pregunto. No, me contesta, español no: latín. Y añade, con claridad asombrosa: Alea iacta est, alma mater, carpe diem. Entonces me rindo, y le espeto: ipso facto, mea culpa, mutatis mutandis. Se ríe. Ha habido química. Cuando lo absurdo se impone, hay que dejarse llevar.