Son un monumento al ego, principalmente de los políticos, que quieren dejar su huella en determinadas obras públicas para la posteridad. Los monolitos con placas que recuerdan quién inauguró tal carretera -a veces, incluso se colocan en las ampliaciones de algunas vías- salpican la mayoría de nuestros accesos, pero también se pueden encontrar en otras infraestructuras, como polígonos industriales o estadios de fútbol. Podría pensarse que cumplen en parte una misión informativa, ya que las placas que adornan estos pequeños monolitos llevan grabadas la fecha en la que fue inaugurada la obra, pero se da la circunstancia de que, aunque no todos, la gran mayoría están colocados en el medio de rotondas o en lugares de complicado acceso. ¿Se imaginan ustedes bajándose del coche en el medio de una carretera para atravesarla y ponerse a leer la placa inaugural? Si bien el común de los mortales no tiene tanto interés en ilustrarse sobre qué político fue el impulsor de tal o cual obra, los amigos de lo ajeno sí se han afanado en los últimos tiempos por hacerse con las placas, para fundir y revender su material. De paso, han mandado al anonimato a aquellos que tienen tanta ansia de notoriedad.