Cada vez, por fortuna, es más fácil encontrarse con iniciativas solidarias. Por todas las esquinas. Cooperación, comercio justo, integración, conciertos para recaudar fondos... Insisto. Por fortuna, proliferan este tipo de proyectos que, quiero estar seguro, dan frutos. Pero la pregunta es clara. ¿Somos solidarios? No hace ni un mes de lo siguiente. Calle del Carmen. Doce del mediodía. Trajín de gente para arriba y para abajo. Entre ellos, el que suscribe. Con el móvil pegado en la oreja y con mucha prisa. Como todos. La vista se me va a un hombre mayor que se encuentra acostado en un portal, con los ojos semicerrados, y con una barra de pan al lado. Apenas estuve cinco minutos observando la estampa. Sin dejar de hablar por el móvil, claro. Porque -no vaya a ser- siempre hay cosas muy importantes que atender y que no pueden esperar ni medio segundo. Pero aún me dio la oreja para escuchar algún que otro comentario de la gente que iba pasando. Alguno, insisto. Porque la mayoría simplemente seguían de largo. Y, claro, lo que me llegó era de esperar. No me acuerdo exactamente, porque han caído varias semanas, pero más o menos era de este pelo. Entre dos señoras se daban la razón: «Mira a ese. ¿Qué le pasará? Estará borracho. Qué pena». El negocio es que durante esos cinco minutos en los que aquel hombre yacía tirado en la calle, con su barra de pan, nadie se acercó a interesarse por él. A ver si se encontraba mal. Si necesitaba una ambulancia. Y cuando digo nadie, me incluyo. Porque seguía hablando por el móvil y pensé que algún buen samaritano o samaritana haría la labor después. ¿Solidarios? Yo ese día no lo fui. Y me avergüenzo de mí y de todos los que estábamos allí. Y si ese hombre lee estas líneas, mis disculpas. Porque me olvidé de lo que realmente importa.