Terremoto

Miguel Salas

FERROL

Querida Patri: Esta mañana un terremoto me ha sorprendido saliendo de la ducha. No ha sido especialmente fuerte, pero sí largo, así que me ha dado tiempo a imaginarme a mí mismo siendo rescatado por los bomberos, con la toallita rosa, las pálidas carnes al aire, y esa cara que se te pone cuando un señor muy alto y muy fornido te saca por la ventana del duodécimo piso de un edificio en ruinas. Por tu bien, espero que no sepas a qué cara me refiero. Aquí, en Taiwán, uno acaba aceptando los terremotos. Y digo aceptar, porque acostumbrarte, no te acostumbras nunca. Al menos los extranjeros, que los nativos ya tienen callo. Recuerdo un meneo que nos pilló cenando en un restaurante con terraza. Los guiris, como una sola persona, tardamos un segundo en levantarnos y salir corriendo, palillos en mano y el arroz atravesado en la garganta. Los taiwaneses, por su parte, siguieron disfrutando de sus alimentos como si el estremecimiento hubiera sido cosa del fresquito, y no de las placas tectónicas. Aun así, todos tienen -tenemos- un kit para terremotos junto a la cama: casco, agua, y una radio, no sé si porque con ella resulta más fácil localizar a los supervivientes o para que maten las horas bajo los escombros. Es un consejo del gobierno tras el último gran temblor de la isla, que sucedió allá por 1999 y causó miles de muertos y heridos. Varios de mis compañeros de trabajo estaban ya aquí, y es muy educativo escuchar sus relatos. La mayoría de ellos destaca la confusión, la impotencia, el vacío mental. Mi historia favorita es la de Pepe, un cordobés muy estoico que estaba en casa, leyendo la Consolación de la filosofía, de Boecio. Sintió el temblor, sopesó sus opciones, y comprendió que nada ganaba con correr escaleras abajo. Se dijo a sí mismo que el libro le iba a ser de más ayuda en el corazón que sobre la cabeza, y siguió leyendo, tan tranquilo. Luego dirán que los clásicos no sirven para nada. En los momentos realmente críticos, para mucho más que un kit de supervivencia.