Falta poco para que comience oficialmente la campaña de las municipales. Para los políticos ya ha arrancando. Pero ahora va a venir lo bueno. La traca. Vaya por delante que estaré encantado de equivocarme. Pero más o menos va a ser como sigue. Y no hace falta ser El mentalista para saberlo.
¿Qué va a pasar? Las diferentes siglas no defraudarán y sacarán unos programas electorales con lemas cortos, ganchos y colorines mil. ¿Contenido? Más o menos igual que siempre. Los que mandan dirán que nunca hubo tal revolución, tal gestión, tal buen hacer, tantos frutos... Y los que aspiran a mandar dirán que todo ha sido una lástima, un desatino. Y que ellos sí saben lo que hay que hacer. Y revisando los programas aparecerá la tan popular venta de burras. O sea, lo que se dice por decir. Incluso aquello que se sabe imposible de cumplir. ¿Ejemplos? Ahí va mi quiniela. Todos van a abrir Ferrol al mar. Todos van a poner en marcha un plan (integral, por supuesto, como el pan) para recuperar el Cantón. Todos van a poner-quitar cosas en la plaza de España, que para unos está chachi y para otros es una pifia. Según la sigla. Van a crear empleo, a sostener los servicios sociales más que nunca, a eliminar todo bache -que no bicho- viviente, a decir en Madrid que un poquito de por favor, a pelear por el naval, por las infraestructuras...
Y la campaña, cada vez más circense, dejará también fotos para el recuerdo. De políticos que intentarán ganárselas a veces rozando el ridículo y visitando lugares y personas de los que es poco probable que se vuelvan a acordar. Será la gran ofensiva mercadillo-feirón. Llegarán las votaciones. Se repartirá la tarta del pleno y los programas de archivarán. Se cumplirán algunos puntos, claro. Solo faltaba. Pero las grandes burras quedarán aparcadas para la próxima. Y donde dije digo, digo Diego; y no quise decir eso; y no era exactamente así; y aquello se malinterpretó... Porque una burra es lo que es. Y nunca van a faltar. Que ya se han vendido muchas.