Las erupciones ocasionales de la extrema derecha xenófoba (¿será un pleonasmo?) que brotan en Europa en estos tiempos de crisis (¿será demagogia recordar que no está originada por los inmigrantes?), pone de manifiesto, entre otras cosas, que es más difícil entender al vecino que proclamar la solidaridad internacional, tanto mejor cuanto más internacional. Tradúzcase por obras al lado de casa, realojo de chabolistas en el barrio de uno, expropiación para una carretera, escolarización de extranjeros en el colegio de los hijos, etcétera. Esta manoseada práctica de tiro por elevación -apoyo al tibetano pero que mal huele este indigente- está ya tan ajada que haríamos bien en reservarla para uso exclusivo del juego infantil «...y mi padre más». Haríamos bien, pero no lo hacemos. Antes al contrario, la triquiñuela sigue viva y es, aun con su sobado uso, un recurso perfecto para escabullir el bulto y rehusar compromisos. Forma parte ya del maletín de trucos del político mediocre, aquel que, a fuerza de caradura, cree suficiente la mera apariencia para salir del paso, y hasta la próxima. El recurso, como los títulos indicativos ramplones en periodismo, parece que tanto vale para un roto como para un descosido, y así resultaría si no fuese porque su empleo, en ambos casos, desdeña la inteligencia de los demás. Pero ahí entra en juego la textura facial. En fin.
¿Cuántas peticiones vecinales han sido desairadas con el pretexto de que era mejor esperar para conseguir muchísimo más? Y, de éstas, ¿cuántas se sustanciaron en ese maná anunciado y cuántas quedaron en aguas de borrajas? Pues la partida que se trae la Consellería de Cultura con el ayuntamiento ferrolano a propósito de la declaración del barrio de Ferrol Vello como bien de interés cultural parece encajar en el viejo juego del «...y mi padre más»: Cultura se opone al BIC pero se anima a batallar por que Ferrol sea declarado patrimonio de la humanidad. ¿Quién da más? (sobre todo, ¿quién da más por menos dinero?).