Como suele ser habitual, aquí cada uno va por su lado. Y así nos luce el pelo. Ahora, también, en la candidatura a patrimonio mundial de la ciudad. No vaya a ser que quede algún fleco en el que no haya divisiones. Faltaría.
La historia, más o menos, es que la Xunta ha decidido que es bueno pegarle un supuesto empujón a las opciones locales ante la Unesco. Hará un convenio con una fundación de aquí para que la cosa se ponga en marcha. ¿Y el Ayuntamiento? No figura. ¿Por qué? Porque los populares consideran que el gobierno local está haciendo poca cosa. ¿Y qué dice el Concello? Pues que se ha trabajado a destajo en esa iniciativa. Y da que pensar. Porque es bastante evidente que -¡vaya sorpresón!- la diferencia de siglas entre unos y otros son el telón de fondo de que no se vaya, como en Fuenteovejuna, todos a una. Seguro que a los que tienen que decidir si distinguen o no a Ferrol con ese título les engatusa comprobar cómo las administraciones van cogidas de la manita en esta tarea. Ahí, fijo, ganamos puntos. Olé.
Y, de nuevo, la realidad pega un bofetón a la ciudadanía. Porque lo del patrimonio mundial va mucho más allá de las joyas arquitectónicas que incluye la propuesta, de su valor histórico y de su peculiaridad en la mezcla de lo militar y lo civil. Algo, por cierto, difícil de ver en el resto de España. Lo del patrimonio mundial va mucho más allá, incluso, de si se consigue o no. El que suscribe considera -en su ignorancia, todo vaya por delante- que lo del patrimonio mundial lo que tiene que ser es una meta colectiva. De todos. Que se comparta no solo en los despachos, sino también en la calle. Que nos la creamos. Que la defendamos a capa y espada. Que sea un símbolo. Una forma más de hacer ciudad. Pero, como con tantas otras cosas, los encargados de dar ejemplo prefieren agarrar esa bandera para su eterna pelea. Y si no se acompañan en eso, qué sucederá con lo del día a día. Lo dicho. Mejor cada uno a lo suyo. Que así nos va.