El Empire State de Manhattan mide 443,2 metros de altura. Es el colosal edificio por el que escalaba King Kong en la película. Tiene 102 plantas, 1.860 peldaños, 73 ascensores, 113 kilómetros de cañerías, ocupa más de 257.000 metros cuadrados... La excavación para levantarlo comenzó el 22 de enero de 1930. La cinta inaugural se cortó el 1 de mayo de 1931. Poco más de un año después. Un proceso clavado al de la plaza de España. La comparación, claro, es hiperbólica a más no poder. Pero es que el caso lo merece. Porque hiperbólico ha sido también todo lo que se ha montado, se monta y se montará entorno a ese espacio público. Hiperbólico y sonrojante.
El Diccionario de la Real Academia Española define así la palabra «política»: «Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados». Trasladado el término a la arena del pleno ferrolano en el tema que nos ocupa -la plaza, aunque podrían ser muchos otros- se puede aceptar lo de la «opinión». Que se haya impartido «arte» o «doctrina» no. Ni de lejos.
Porque son ocho años de obras, de proyectos, de contraproyectos, de túneles, de excavadoras, de óxidos, de supuestos macroedificios, de interminables parlamentos en los bancos de la corporación... Lo dicho, como si fuese el Empire State. Pero no.
Cualquier observador que no sea forofo de siglas podrá corroborar que lo sucedido en el recinto es lo que nunca debería pasar. Ejemplo de formas de hacer y pensar que se elevan tanto sobre sí mismas que parece que acaban por olvidarse de su cometido. Concejalas y concejales han estado, están y estarán en sus asientos por elección de la gente. Y resolver los problemas de esa gente es su trabajo y su obligación. También no generarlos y agrandarlos recurriendo, si es menester, a la trapallada y al todo vale. Ahora que abre la plaza, much@s deberían darse varias vueltas por ella y pensar si liadas como esta son camino hacia algún lado. O barrizales. Y si volverán a sonrojarnos. Que echen sus cuentas.