El mar

Miguel Salas

FERROL

Q

uerido tío Mon: Si a alguien recuerdo cuando veo el mar, es a ti: mi padrino el marino mercante, el hombre que surcó los siete mares, que me llevó a la Torre de Hércules por primera vez y me enseñó, en la orilla de Santa Comba, a leer las corrientes en el modo en que estas excavan la arena alrededor de los pies. A pesar de lo poco que os veo a ti y a la madrina -solo con pensar en ella me pongo de buen humor- os quiero mucho y os tengo presentes cada día. Tanto en China como en Taiwán he vivido siempre en ciudades portuarias, y sorprende lo poco que importa el mar a sus gentes. Ferrol y Taiwán se parecen en una cosa -mala-: viven de espaldas al océano. A pesar de su situación privilegiada, hay que salir de Ferrol para disfrutar de aquello que le dio, y aún le da, la vida y la fama. Lo de Taiwán es peor: para los dueños de la que fue la Isla Formosa el mar solo interesa en tanto en cuanto es fuente de riqueza. Lo expolian, lo ensucian, lo maltratan más aún que nosotros. Y ya es decir. Además, poseídos por la manía asiática de mantenerse blanquitos como lechones, apenas pisan la arena y, si lo hacen, es enfundados en bañadores de cuerpo entero y bajo sombrillas tamaño familiar. Algunos hasta se bañan vestidos, como las Catalinas. Solamente los nativos -tribus provenientes, en su mayoría, de la Polinesia- disfrutan de la playa. Morenos como focas, y felices -¿no eran los dioses, en la literatura griega, del color del bronce?-, más felices que los que ven las olas desde las dunas. Es el efecto del mar, por eso es casi un pecado vivir de espaldas a él, con muralla, como nosotros, o sin ella, como los taiwaneses.

Ya sé que es un poco raro que yo, poco amigo del veraneo, proteste por esta falta de vida marítima. Pero es que el mar no solo es crema y toalla. También, si se mira despacio, es un espejo que refleja lo que hay en el corazón. Y hoy, en el puerto de Taichung, como tantas otras veces al mirarlo, el Pacífico os refleja a vosotros, los mejores padrinos del mundo.